martes, 14 de octubre de 2008

LA OBRA MÁS MÍSTICA DE JOSÉ SEGRELLES

Por: Joan Josep Soler Navarro.
El 14 de marzo del año 1936, a cinco días de cumplir los cincuenta y un años, José Segrelles inauguraba en el Salón de Actos de la Federación Industrial y Mercantil de Valencia, una nueva exposición de pinturas. En aquellos años, sus pinturas se esperaban como acontecimiento anual de inexcusable asistencia en Barcelona, Madrid y Valencia. Autoridades oficiales, maestros consagrados, artistas, críticos, público distinguido, todos concurrían a ver las nuevas obras de José Segrelles y a testimoniarle su adhesión. Aquella exposición revelaba una vez más la fantasía poderosa del artista, su exquisita sensibilidad y maestría indiscutible. Segrelles presentaba una rica colección de obras acerca de Cervantes, Fray Luís de León, Dante y cinco filigranas que le encumbrarían entre los maestros que habían alcanzado la plenitud del misticismo. El Huerto de los Olivos, (después conocida como La Oración en el Huerto); Los Azotes en la columna, Ecce Homo; La anunciación y la Resurrección de Lazaro, brillaron por si solas.

La exposición de Segrelles, arrancaba en Valencia, para luego viajar a Barcelona, en medio de una consolidada II República presidida por Azaña, a un mes de cumplir su primer quinquenio, habiendo registrado en el mes de febrero, las primeras quemas de iglesias en las vecinas ciudades de Ontinyent, Beniganim, Alcira, El Puig, para continuar con las de Simat, Tabernes de Valldigna, Museros y Requena y la declaración de ilegalidad de Falange.

A Segrelles debían resonarle en su mente, aquellas palabras del Evangelio, “…estaba la noche preñada de presagios, por todos los caminos luciferinos, acudían los vestigios abracadabrantes al ánimo y al ánima como fuerzas de desviación y se ensayaban todos los refinamientos para frustrar la viva obra de la Redención que Cristo iba a consumar...” El inmenso poema de Gloria y de Dolor, comenzaba sus divinas estrofas y en sus rimas inmortales y en sus acentos rítmicos, la mano y el corazón de Cristo, ungía como Ungido inmarcesibles esperanzas para la humanidad: la que había sido y la que había de ser.
“Con esa plúmbea carga, el atlante divino avanzaba en la noche primaveral por la senda conocida, el Átlante Divino avanzaba en la noche primaveral por la senda conocida, orlada de cardos y de espinos ahora, hacia Getsemani dejando a espaldas Jerusalén, inquietada y soliviantada por los escribas y fariseos en contra de Jesús…”
La cara de Jesús, blanca de luna, desde la frente sudaba sangre. Eran las catástrofes sentimentales de toda la humanidad acumuladas en el alma de Cristo; eran todos los pecados locos y lasos, tempestivos y ungüentazos de los hombres… hechos Cáliz, hechos Cruz: Dolor y Sangre…
Y la divina voz clamante: “Padre, Padre; si es posible…” ¡Oh! No, no era posible; en la posibilidad emergía la perdición de las miradas de almas que a imagen y semejanza de Dios, “trozos de Dios”, habían sido creadas. Y, ahora, la desmayada voz dulcísimo, como en colombo vuelo al Padre: “Hágase pues Tu voluntad…” Y se hizo...
Es tanta la riqueza psicológica y de humanidad que contienen las escenas de la Pasión de Jesús, que sus lecciones se acomodan maravillosas a todos los tiempos. Por ello nos inspira que nuestro idolatrado Maestro Segrelles, receloso conocedor de los turbulentos acontecimientos que iban a convertir en Mártires, una vez más, a los comunicadores de la Palabra de Dios, se refugió por voluntad propia, en los Evangelios y leídos los de San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan, quiso recrear los de San Lucas, por ser de los cuatro Evangelistas, quien pinta con tan vivos colores la agonía de Jesús. Ante la representación de su próxima Pasión, con todos los detalles y con todas las consecuencias desastrosas, con un Jesús afligido, sudando gotas de sangre en tanta abundancia, que corren por el suelo.

Miremos ahora La Oración en el Huerto que pintó Segrelles, con formas, con abundantes, con infinitos tonos monocromos, con la rica aureola azulada, mientras escuchamos a San Lucas narrándonos la Oración en Getsemaní y encontraremos la inspiración divina, el momento cúspide del misticismo que logró Segrelles en esta obra.
“Saliendo, se fue, según costumbre, al monte de los Olivos, y le siguieron también sus discípulos. Llegado allí, díjoles: Orad para que no entréis en tentación. Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y, puesto de rodillas, oraba, diciendo: Padre, si quieres aparta de mi este Cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Se le apareció un Ángel del cielo que le confortaba. Lleno de angustia, oraba con más instancia; y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían hasta la tierra. Levantándose de la Oración, vino a los discípulos, y encontrándolos adormilados por la tristeza, les dijo: ¿Porqué dormís? Levantaos y orad para que no entréis en tentación”.

Estas cinco estampas religiosas, todas ellas pintadas con acuarela, La Oración en el Huerto, Los Azotes en la columna, Ecce Homo; La anunciación y la Resurrección de Lazaro, con las que tan apasionadamente ilustró la Pasión de Jesús –valga la redundancia-, serían suficientes para conocer el profundo convencimiento cristiano y católico de José Segrelles. Aún así, Segrelles con anterioridad, ya se había ocupado de la vida del Pobrecito de Asís, con esas cuatro magníficas ediciones de Las Florecillas de San Francisco; editadas por Vilamala y la edición italiana. La vida de San José de Calasanz. Fray Luís de León y el Renacimiento Español por la Editorial Araluce, y en el año 1950 los Milagros de San Vicente Ferrer. Además tenemos obligación de mencionar la larga lista de iglesias que tuvieron la suerte, -siempre a través de compromisos que le llegaban de sus amigos-, de contar hoy con sus obras, no sólo en la Iglesia arciprestal de Albaida, también encontramos sus obras en los templos de Atzeneta, Agullent, Alcoi, Algemesí, Alfafar, Bocairent, Cádiz, Carcagente, Cocentaina, Enguera, Ferrol, Gandia, Ontinyent, Palomar, Porta-Coeli, los San Pedro y San Pablo del Vaticano, en el Palacio del Pardo de Madrid y por último, todas las obras religiosas que acumuló en los últimos años de su vida en su Casa Museo de Albaida donde se conserva entre otros su obra póstuma, El Pentecostés.
Recordemos aunque sea sólo por mencionarlos, que entre los primeros pequeños lienzos que Segrelles pinta en época de estudiante, y que también se cuentan entre los fondos del Museo Segrelles, se encuentran un rostro de El Salvador, y los cuerpos de San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan, además de alguna copia de los clásicos barrocos.
Sin duda José Segrelles a lo largo de su carrera artística, nos dejó buena muestra de su maestría con la técnica de la acuarela. Puede hablarse de una etapa religiosa que va desde el final de la Guerra Civil hasta la muerte del Pintor (1940-1969). Toda esta labor, por reponer en algunos casos, por engrandecer en otros las mencionadas Iglesias, aliviaron la mermada economía de un ilustrador que había visto reducidos considerablemente sus encargos desde la llegada de la II República en el año 1931, desde su establecimiento definitivo en Albaida tras su aventura Neoyorkina. Una subsistencia en ocasiones imposible agravado al finalizar la Guerra por circunstancias familiares y políticas.

Su residencia en Albaida (Valencia), la de un artista afamado universalmente, le hizo en primer lugar, muy codiciado por todas las poblaciones que lo pudieron pagar, para recuperar el esplendor en los altares de las iglesias que les habían sido devastadas en los primeros meses del año 1936. En segundo lugar, las editoriales que eran las que desde principios del s. XX le habían encargado los trabajos ilustrativos, a penas imprimían libros y mucho menos ilustrados. Sin embargo en seguida que estas se recuperaron, Salvat de Barcelona, editó Las Mil y una noches en el año 1956 con diferentes cuentos a los de la edición del año 1932, y en Madrid la Espasa Calpe, en el año 1966 sacaba a la luz con todos los honores y con gran promoción -hasta el punto que se hizo eco del evento el NODO de la época-, la lujosa edición de D. Quijote de la Mancha, con la que José Segrelles, sería elevado por la crítica española, al puesto del mejor ilustrador, algo que en el año 1933 ya habían proclamado los americanos desde Nueva York.

En tercer lugar, Segrelles había contraído matrimonio con Rosita Tormo, el 28 de agosto de 1936 y su funesta muerte a los veinticuatro años y sólo 22 meses después de tan feliz unión, le sumió en una profunda soledad, sin haberse repuesto tampoco de la muerte de su anciano padre en febrero de 1937. Durante los últimos veinticinco años de su vida, Segrelles se consagró principalmente a los temas religiosos, alternándolos con sus fantasías siderales, muchas veces compartiendo en religiosos y fantasías solares, los mismos cromatismos, la misma técnica pictórica, los mismos soportes y los mismo tamaños bien alejados de la acuarela intimista que le había acompañado en los mejores años su vertiente ilustradora y cartelística.

Jose Segrelles, reconocido como el mejor ilustrador universal, no le cabe desdeñar ninguna de sus obras religiosas, aunque podamos permitirnos destacar algunas como hemos hecho, y equipararlas a la categoría de sus mejores ilustraciones para las Mil y una noches, D. Quijote, muchas de las realizadas para la Colección Araluce, la Historia de España, la Celestina, ó Las Florecillas de San Francisco.